954 370 550 - 954 374 862

RECUPERACIONES EN SEPTIEMBRE1

RECUPERACIONES EN SEPTIEMBRE2

RECUPERACIONES EN SEPTIEMBRE3

 

Siempre me pareció tarea difícil escribir con distanciamiento sobre algo presenciado sin dejarme llevar por ciertas pasiones. El trabajo se me antoja más complicado cuando he formado parte del suceso. Trataré de ser correcta:

El pasado miércoles 12 de noviembre tuve la suerte de poder presentar la segunda edición del poemario Libélula de Irene Marta Gil García. Y si digo suerte no es por el papel que pude jugar en todo ello -algo que me congratula, por supuesto-, sino por el motivo del acontecimiento: la poesía ha vendido. A pequeña escala, puede ser, pero ha vendido.

Y es que, de un tiempo a esta parte, en Sevilla están produciéndose ciertos fenómenos que van acercando de forma progresiva este género a todo aquel que se interese por él. Plataformas como la Chilango Andaluz, que organiza recitales y ciclos de poesía; o Actos Poéticos, que lleva a cabo performances en las que la palabra queda a veces supeditada al lenguaje corporal, son claros ejemplos de ello -podría decirse que, aun salvando las distancias, esta última se acerca con su poesía escénica a aquel “teatro sagrado” que se inició con Brook, por un lado y Grotowski, por otro-. Los ciclos 'Nuevas Miradas', '7 noches capitales' -ambos de la mencionada Chilango Andaluz-, el que se está celebrando actualmente cada martes en La Gallina en el Diván, 'A cuatro voces' -donde participan artistas de la talla de Lola Crespo, que fue profesora del colegio SAFA Nuestra Señora de los Reyes- y otros tantos que, con toda seguridad, estoy olvidando, van poco a poco poniendo en circulación la cultura local, atrayendo también a artistas de otras ciudades.

Este movimiento constante tenía que dar sus frutos. Así, una jovencísima poeta -no tan joven en trayectoria- presentó en un lugar inmejorable, el peculiar salón de actos del colegio SAFA Nuestra Señora de los Reyes, una edición nueva de Libélula, poemario nacido de la madurez prematura de una adolescente, de una trayectoria plasmada en versos que, desde los 13 años, dan voz y vida a una mente que viaja más allá de lo común.

'Ediciones en Huida', con Martín Lucía, apostó por Irene no una, sino dos veces. Y de ese modo, para celebrar que un verso hoy tiene el valor merecido, nos reunimos en el salón de actos del ya mencionado colegio, al que pudimos acceder por la calle Calatrava -lugar simbólico, por su cercanía a la Alameda de Hércules-. Poco antes de las 19.00 horas el coro de niños de la Fundación Baremboin-Said, a cargo de Vicente López, cantaban Vulnerabilidad, tras lo cual rompió el hielo del discurso hablado Martín Lucía, agradeciendo la asistencia de los que allí se encontraban -que no eran pocos-.

Una Irene serena y yo misma, ya en la mesa que se situaba en el centro del escenario, quisimos unirnos al agradecimiento del editor. Nombres como los del director Francisco Andújar, la profesora Julia de León (que organizó el acto) o los alumnos del colegio que participaron, tuvieron su espacio en el discurso. Recuerdo haber destacado junto a Irene la labor del centro al abrirnos las puertas para hacer aquello posible. Nos pareció a ambas un buen paso para mostrar a los alumnos la literatura de un modo más sincero que en las aulas.

Elogios aparte, y tras lo que considero una justa presentación de la poeta, Irene se lanzó a su público en forma de versos enlazados. Podría enumerar uno a uno los poemas que leyó -muchos de los cuales casi puedo recitar de memoria-, pero diré que, estando allí, junto a ella, recuerdo el zumbido de las “Libélulas. / Preocupaciones esdrújulas / que empañen la cadencia. / Que molesten con el revoloteo / de nuestra psique al golpear.”. También pude sonreír ante esos versos que dicen: “Todas las sábanas relucen / manchadas con el carmín de anoche (...)”. Y de repente, de estar a mi lado recitando aquellas palabras, pasó a levantarse como una pluma, alzando la voz -ahora sin micro-, como esperando la respuesta en el poema que cierra el libro: “Nos arrulla el rumor del dátil contra la palmera. / Cada dormitorio esconde al viento de verano (…)”. Y esa respuesta volvió hacia el escenario desde el patio de butacas, desde la voz de algunos alumnos que habían memorizado sus versos para aquella ocasión. Irene pudo verlos, uno a uno, levantarse y recitar su poesía: “Hablamos solos por las calles / porque tenemos cosas importantes que decirnos (...)”. Todas las voces al unísono, la de la poeta incluida, dieron fin al recital con los tres últimos versos: “Los ídolos, las papisas y las diosas / friegan el suelo del palacio de los gnomos. / Las cadenas no forman ochos perfectos.”. Gracias a los alumnos Ana Leo, Manuel Arrás, Marta Cordero, Jhuliet Viteri, Daniel Vasco y Eduardo Zambrana por contribuir para hacer de este recital algo más especial.

Aún en trance tras aquel momento, me mudé junto a la poeta a la pequeña mesa de té que había situada en una esquina del escenario. Allí tenía unas preguntas preparadas, pero no tardé mucho en improvisar -la ocasión invitaba-. Ella, siempre con su serenidad absoluta en la mente, el cuerpo y el gesto de su cara, contestó a todas mis preguntas -algunas más incómodas que otras- de la forma más natural del mundo. Parecía como si llevara toda una vida, más de la que tiene, contestando preguntas ajenas ante un público desconocido.

De aquellos minutos de charla pude extraer que, aunque mucho le quede por aprender, Irene ya tiene un buen camino recorrido. Su verso, que juega a veces a esconderse del lector, tiene un halo de misterio intrínseco que, aunque te juega la pasada de no dejar que lo descubras, te invita a insistir una, y otra, y otra vez. La poesía de Irene no es sencilla. Difícilmente de una persona como ella podrían brotar versos sencillos.

Finalmente, el acto lo cerró un interesante trío musical formado por los alumnos Xavi Boixander, Manuel Cid y Miguel Rodríguez. Lo que comenzó como una pieza clásica acabó siendo una versión instrumental de Highway to Hell de mítico grupo ACDC.

Sevilla está apostando por la poesía. Y no solo en los libros -gracias a editoriales como 'Ediciones en Huida'-, sino en los cafés culturales, que están confeccionando una enorme telaraña de posibilidades de adentrarse en este mundo renovado, contribuyendo además a reflotar esos ambientes cargados de inquietudes, de saberes e infinita creación.

¿Qué tiene de particular que vuelva a producirse este fenómeno literario, musical e incluso pictórico? Aún no puedo saberlo. Para poder hablar de generación -aunque sea a pequeña escala, a nivel sevillano- habrá que esperar unos años. Lo que sí me aventuro a adelantar es la opinión de que todos ellos viven y beben de la época actual; con sus diferencias, pero también sus puntos en común. Son conscientes de la situación de un país en el que la política no atraviesa su mejor momento. Y, tanto para la denuncia como para la abstracción de un presente cargado de incertidumbre, mantienen un compromiso, un fin: que esto no termine nunca.

El pasado 12 de noviembre Irene Marta Gil García contribuyó a ello de un modo del que ni ella, ni posiblemente ninguno de nosotros, seremos conscientes hasta pasado un tiempo. Dicho lo cual, he de confesar que esto no es una crónica, señoras y señores; esto son buenas noticias.